La veterana sonda Voyager 1 de la NASA cruzará el umbral simbólico en noviembre de 2026, cuando una señal tarde 24 horas en llegar, un recordatorio contundente de lo grande que es el espacio.
Desde que las primeras misiones a la Luna mostraron retardos de segundos en las comunicaciones, los ingenieros entendieron que la velocidad de la luz es un límite práctico. Las ondas de radio viajan a la velocidad de la luz, y por eso las charlas entre astronautas y Houston ya incluían pausas. Más allá de la órbita lunar la latencia crece sin parar.
Marte está de media a unos 13 minutos luz. Esto quiere decir que cuando el rover Perseverance envía una foto por radio, tarda unos 13 minutos en llegar a la Tierra. También obliga a que estas sondas sean capaces de tomar decisiones por sí solas. Si la señal de vídeo indica que hay un precipicio delante, para cuando los ingenieros de la NASA pudieran enviar la señal de frenar, el rover sería chatarra en el fondo.
La sonda Voyager 1 y la misión sin fin
La velocidad de la luz se nota especialmente en las sondas Voyager, dos sondas gemelas que partieron en 1977, nos enviaron fotos únicas de los planetas gigantes del Sistema Solar y hoy navegan ya por el espacio interestelar.
Voyager 1, en un camino sin retorno, alcanzará a finales de este 2026 una distancia tal que una señal de radio desde la Tierra tardará 24 horas en llegar, es decir, un día luz. Esta es la distancia que recorre la luz, o una onda de radio, en 24 horas. Equivale a unos 25.900 millones de kilómetros, 176 veces la distancia entre la Tierra y el Sol. La velocidad de la luz, ese límite famoso de Einstein, deja de parecer infinita cuando el mapa se hace descomunal.
El retardo en las comunicaciones espaciales
La experiencia de los retardos empezó en casa. Durante el programa Apolo, con la Luna a unos 363.000 km, la conversación tenía una pausa de 2,6 segundos, 1,3 segundos de ida y otros 1,3 de vuelta. En Júpiter el retardo se estira hasta 52 minutos, y en Plutón, planeta enano o planeta según a quién preguntes, alcanza unas 6,8 horas. A distancias así, un joystick en Pasadena solo sirve para chocar contra piedras. De ahí que las misiones profundas necesiten autonomía, planificación y márgenes amplios.
Voyager 1 encarna esa filosofía. Tras su gira por Júpiter y Saturno, quedó en una trayectoria de salida, rumbo al medio interestelar, la región más allá de la heliopausa, donde el viento solar ya no domina frente al gas y el campo magnético de la galaxia. A finales de 2025 la sonda se encontraba a unos 25,3 mil millones de kilómetros de la Tierra, y una orden tardaba 23 horas, 32 minutos y 35 segundos en alcanzarla. El hito de las 24 horas, estimado en torno al 15 de noviembre de 2026, llegará sin maniobras especiales, solo por inercia. Entonces cada comando tendrá un viaje de ida de un día, y la confirmación de respuesta, otro día más. Dos jornadas para el vaivén de un simple “recibido”.
La Red del Espacio Profundo
Semejante hilo de comunicación solo se mantiene gracias a la Red del Espacio Profundo, el sistema de antenas de NASA en California, Madrid y Canberra que escucha susurros electromagnéticos desde los confines. La DSN, por sus siglas en inglés, rota estaciones a medida que la Tierra gira para no perder de vista a las naves. A esto se suma la economía eléctrica de Voyager 1, que depende de generadores termoeléctricos de radioisótopos. Esos “pilones” nucleares se debilitan con los años, así que el equipo apaga instrumentos selectivamente para estirar la misión lo máximo posible. La agencia espera mantener algún nivel de actividad científica hasta bien entrados los años 2030, pero cada vatio cuenta.
Mientras tanto, su gemela, Voyager 2, avanza más cerca, a unas 19,5 horas-luz. Ambas siguen aportando datos sobre el entorno interestelar, un medio tenue pero dinámico, cruzado por rayos cósmicos y corrientes magnéticas. El valor científico se combina con el simbólico. Que una nave de la era del magnetófono y la memoria de kilobytes alcance un día-luz nos recuerda que el Universo es, como decía la Guía del autoestopista galáctico, realmente grande. Nuestro sistema de antenas podrá seguir oyéndola durante un tiempo. Después, la nave continuará su viaje mudo, rumbo a ninguna parte en particular, llevando un disco de oro y una historia que ya es patrimonio humano.
Al final, el hito no es un destino, es una medida de nuestra perseverancia. Un día luz de paciencia, dos para charlar con una máquina que aún nos contesta desde la noche.
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